LA PRESUMIDA.

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CAP. 2: LA DISCOTECA.

I

bailar en las alturas

 

Se hallaba en una discoteca céntrica de la ciudad. La deleitaba bailar y sentir el éxtasis que le producían las luces y el potente sonido resonante del local. A veces, salas con más glamour de la alta Barcelona, otras veces bailaba entre peleas y majaderías de la baja purria.

Innegable era su talento en el baile. Lo detectaban con rapidez la tímida, el baboso, la creída, el engreído, el mirón, la envidiosa, etc y etc. Generaba opiniones de mucho tipo, siendo más adversa y tóxica la balanza.

Si se pasaba de bebida, derramaba gotitas cristalinas por su amargura. En ese tipo de fragilidades sentía la puñalada gélida de Malicia. En general, la gente más allá de ver un cuerpo hermoso que danzaba por las alturas, desconocían de aquellos pesares que llaman del corazón.

Su carisma y simpatía conseguía palique y copas a precio de convidado. Aun así, las constantes molestias que había de tolerar no compensaban la gratitud. Los invitadores eran por lo común, poco conformistas. Los necios querían cobrarse en otro tipo de materias. Se resignaban en la escasez de un par de sonrisas y respuestas rápidas con que ella respondía a tales obligaciones. A la práctica debía deslizarse esquiva y cortante al instante.

No es que fuera experta en eso de tener que esquivar. Como tampoco de su agrado, pues a veces le fatigaba ser tan antipática con todo el mundo. Le salía sin querer su intensa y natural alegría que de tanta belleza la atribuían. Al poco volvían a pasar la línea de la confianza y las formas, provocando reaccionar como con anterioridad. Cuestionable era el tipo de público precario y confuso de integridades con el que se topaba, de la misma manera que correspondían el género con una gran parte de la sociedad. Por lo tanto, eludirse no era misterio de Dios, era de ingenio y desenvoltura propios del sentido común.

Los galanes del tres al cuarto utilizaban sendos la misma táctica de cortejo y el plagio, aparte de absurdo, acrecentaba irremediable los defectos de la belleza que algunos de buen ver se permitían presumir. En el fondo, el problema no era tan grande y la solución era sencilla. Por cortesía los saludaba, se excusaba lo más educada e irónica, y salía disparada de allí haciéndose la sueca. Si alguno interceptaba su paso, lo duchaba ridículamente con el vaso de tubo. Si no lo tenía en la mano, se las improvisaba al juicio de su imaginación, como aquella vez que golpeó con más brío que fuerza y tras un grito atroz llamó la atención suficiente para dejarlo paralítico.

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