LA PRESUMIDA

a

CAP.3; El burlón

I

TURBIA DE CRISTAL

No sabía cómo maquinar el desgarramiento que revolvía las profundidades. Se miraba en el espejo. Se rechazaba descortés, menospreciando lo que para ella era discorde belleza y lo que, para otros originó versos de primer grado. El burlón de los espejos se burlaba de sus dudas, enredándola en reminiscencia lejana y vaga. Travesuras irónicas reflejadas en el cristal físico y mental que tan deleitoso para el burlón, como de amarga aflicción para la víctima.

El juego de las burlas evocaba el inicio tormentoso de unos dulces 18 años. Lo llamaban trastorno, otros lo denominaban desorden y los empresarios emprendedores y positivos, lo llamaban simplemente algo de ‘’desgana profesional’’ –quizás de vivir-. Como en la Náusea de Sartre, sintió su existencia en una travesía de focos pálidos y potentes, de mareos, vómitos y de voces y miradas que la observaban como una pobre enfermiza incomprendida. Era tan poco consciente de su vida, como de la misma forma, le habían concedido apenas tiempo suficiente para conocerla.]

Revelaba las voluptuosas formas dibujadas con exquisito refinamiento por el pincel soberbio del sensualismo. La ausencia de voces y sonidos ensordecidos y mudos por asombro a la definición precisa del cuerpo excelente y armónico. Silencio silenciado por la brisa balsámica de sus miembros naturales resplandecientes de calores cálidos y penetrantes. La desnudez vestía de gala con un modelo atractivo de tono enérgico y natural. Sin sonrisa, rimaba pulcra las consonantes de las formas labiales, dentales y velares de su boca. La finura de sus labios estáticos y sin expresión musicalizaba con delicia la hermosura de su cara.

Sin embargo, el reflejo se le presentaba distinto para ella. Veía exageradas y horrendas sus formas con un gusto desafinado. Nunca creyó en los versos. La poética se le antojaba ridícula y fantástica. Su idealismo platónico estaba más que enterrado en sepulcros. Sentía la autoestima en números rojos, subiendo sin reparo el coste elevado de este. Tan solo veía una silueta y complexión en decadencia. Unas curvas estrelladas en una carretera despojada de atributos, unos muslos y un trasero amplios que -en poco tiempo y sin saber cómo- se le figuraban sobre abultados al contorno. Pechos de los que en un tiempo pasado fue mejor.

El maldito de los burladores volvía a jugar con ella como si fuese una frágil muñeca. Engaños serían verdades para algunos y veracidad que sería mentira para otros. Pensó en disparatadas ideas. La debilidad carcomía a la que para muchos fue inspiración de deseos y envidias. Tan altiva y recia en público y, en cambio en su soledad era un conjunto de debilidades. Funciones clandestinas en que los espectadores eran el burlón, las paredes de color celeste y sus fresquísimas y perfumadas sábanas rosáceas que decoraban con estética y vitalidad la fría alcoba vacía de amor y de sexo.

Sintió el dolor traducido en ausencia del amor. Lo necesitaba, lo necesitaba en gran cantidad. No era un tipo de amor masticado que debían regalarle dulce y tierno. Estaba cansada de que la obsequiaran de mezquindad interesada. Miró el repertorio repleto de solicitudes de sus pretendientes, que con más asco que antipatía los dejó todos en leídos. Sintió la misma náusea que cuando observaba fijamente al burlón cristalino. Su búsqueda era otra, otra que le concediese amor propio, sin promesas ni artificio de comediantes que se colgaban y se prendían, ridículamente de sus virtudes. Por fatiga o por pereza, aquello le producía un mar profundo de agobios.

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