LA PRESUMIDA

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CAP.3; El burlón

III

ESPEJO ROTO

Se encendió un cigarrillo y esparcía el humo espeso y blanco, abarrotando toda una atmósfera de humo denso y concentrado. Las caladas relajaron el consumo de fatiga y placer. Tenía pintada dos rosas rojizas y ardientes en cada canto de su cara y su cabellera con un estilo algo desenfadado y desbordado. Entre caladas, permanecía fija mirándose en el espejo.

El burlón intentó reflejarse en recuerdos revueltos y desordenados. Se reflejaban entelequia imágenes en neblina, figuras descompuestas, símiles incoherentes y un olor acre intermitente y habitual. Delirios atrofiados y de traumas rasgados que pesaban emocionalmente. Aquel burlador se recreaba en la complacencia del sufrimiento de esos dos luceros oliváceos que, en otras ocasiones derramaban gotas afluentes del Mediterráneo. El mismo que antaño presenció las caídas agresivas contra el suelo que le propiciaba su primer amor, al que entregó parte de su corazón ennoblecido. Mentales carcajadas tenebrosas retumbaban por la amplia y fría alcoba.

Esta vez, reaccionó altiva y despectiva ante el cristalino, retando orgullosa al que la ofendía y se burlaba persistente de su blandura. Caminaba soberbia acercándose al reflejo en una bella imagen celestial que la definían osada y presumida. De frente, se revolvió en súbitos movimientos, alterando su larga melena lacea y atezada. Sus ojos se clavaban en ella y se miraba firme, prestándose con respeto y admiración que merecía con creces.

La sangre brotó por su benigno puño que, con el impacto contra el vidrio, derramó un manantial de cristalinos minúsculos y punzantes. El licor escarlata circulaba por la finura de sus dedos que le dolían con gravedad. Histeria arrebatada que dominó el control por un instante, y que sintió como el triunfo justo de su conciencia.

De todas formas, el asunto no fue grave, tratándose solo de un espejo. Desde hacía tiempo deseaba cambiarlo por otro que no le recordara al pasado y que reflejara -al menos- el ventanal que ofrecía las vistas florecidas del jardín y así, decorar de alegría los momentos de penuria.

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