LA PRESUMIDA

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CAP.4; CONCIERTO MARÍTIMO

III

EROTISMO DE LOS MARES

La Presumida se cansó de tanto espectáculo al ritual ebrio. Eran ya altas horas, y la gente se guiaba más por la irracionalidad que por la poca luz del entendimiento. Faltaba poco para el despertar del amanecer y la playa se iba vaciando paulatinamente. La tibia luz que iba apareciendo, asustaba a esas almas que parecían vivir solo y para la noche. Salían cadáveres con caras pálidas que reflejaban fatiga, depresión y melancolía. Quizá porque el abandonar la minúscula ínsula marítima, era la señal de que pasaba fugaz la magia del fin de semana, purificados en el domingo Santo de resaca, para dar paso al lunes renacido y barroco, que aturdía a la mayoría de cerebros.

Se levantó de su asiento arenal que, sin darse cuenta había gravado en dibujo toda su silueta y posiciones en las que se había retratado como musa. Sonrío al darse cuenta y con el pie esparció la arena por encima, como firma y certificado de que aquella obra era suya. Caminaba en dirección contraria a los nazarenos abatidos que buscaban la salida de aquella atmósfera cargada de vicios y vilezas. Ella, insurrecta por naturaleza, prefirió purificarse en el agua y no en la cama. El frío del colofón de la madrugada, se notaba en su punto más alto de la noche y en la apertura del nuevo día, contagiando un frescor que hacía tiritar los cuerpos. Le pareció gracioso Jugar con sus manos y formar un dibujo circular entre sus dedos que hicieran empequeñecer al madrugador astro de los cielos.

Tiró de decisión y creencias propias, transitando por la duna con elevada actitud, esparciéndose la arena pisada, en las periferias de su trayectoria. En una torpeza, que a pesar de ser inarmónica, le quedaba bella por la naturalidad. Al llegar a la orilla se detuvo por el helor del mar, que le dio un escalofrío estremecido por todo el cuerpo. Exhibía a la naturaleza marina sus curvas acentuadas de buen ver y parecer. El conocido desconocido, apareció detrás suyo después de una galopada impulsada por Humillación. Dignidad, caída y desplomada a la altura de sus rótulas, temblaba raquítica y sostenida por Desesperación. Infamia hablaba por boca de Sollozo, y este articulaba a Hipocresía, que de tan fingida y ruidosa, despertó enfadosa a Recelo. Feminidad en soberbia, despidiose de Patetismo y se adentró en el albedrío de los mares buscando a Serenidad que, cabreada con Acosador, llamó a las Nereidas del Mediterráneo, que neutralizaron a Molestia su cabida en el Mar con una ola, apodada Cólera.

Se lanzó al mar de una tirada, poniendo su cabeza por delante y provocando el ruido sordo del agua. Los primeros rayos del sol la iluminaban en su buceo que duró unos segundos, según las cuentas de unos pulmones fumadores. La confundieron con una sirena que se escapó de las fábulas y leyendas de los grecolatinos. Otros pensaron que se trataba por su sensualidad y fragancia conquistadora de la augusta Calíope. Saciada de amores, tenía la facultad de Dafne de convertirse en un laurel intangible y esquivar la solicitud de sus amantes.

Desde pequeña, el mar fue su gran pasión. Nadaba con cualidad y elegancia, moviéndose de distintas formas. Dentro de sus fantasías, le hubiese gustado ser hija del mar, de esas que se hallan en los libros escondidos y llenos de polvo. No tuvo por fortuna la herencia de piélagos ni descendencia de fábulas marinas.

Fue hija del abandono y de la nada, que suele clasificarse de estirpe sin raíz. Resultado de una trinidad grotesca; la desidia humana, la falta ética y el delito moral. El ser adoptada y acarrear una vida llena de desventuras y desdichas, despertó prematuramente en ella, dejar de lado la poesía alegórica y las historias fantásticas. Chocó con una realidad llena de crudezas, objeciones y estados distintos.

La genética anónima le concedió un físico atractivo de lineado voluptuoso. No la dejaron ser la más hermosa porque la belleza es una moda subjetiva donde nadie se salva de ser prescindible. La desconocida cualidad física no fue su principal, ya que le proporcionó más conflictos en la pragmática de una sociedad desordenada y anclada todavía en las historias del abuelo.

Ella, un conjunto de emociones, fragilidades y sensibilidades. El ser humano detecta en su radar instintivo la flaqueza de virtudes ajenas, circundando a su alrededor, para acabar pisoteando y aferrarse a la creencia de ascender por encima de los otros en sus méritos propios, quizá envidiando de aquello que no posee ni alcanza.

El miedo a lo marítimo, no fue causa gratuita. Conoció a su primer amor -al que tanto se entregó en vano- en una playa del Maresme, entre oleajes que -en aquel entonces- le parecieron aguas apacibles. Poseidón o el ingrato de aquella playa, solo le ofreció experiencias de atormentadas mareas y corrientes adversas. Furiosa deidad poco escrupulosa con una chica todavía en flor adolescente. Envuelta en problemática de este tipo, decidió involuntaria a ya no volver a ser la misma.

 

Desarrolló la astucia como arma de defensa y ataque, frialdad y desprecio en conveniencias de pretendientes y amistades y la idea de un amor relativo, unas veces pasional, y otras aborrecida y en perpetua manía de la romántica. Y tras tantos enlaces, descubrió que la fórmula de la vida estaba en las circunstancias y el entorno, de la cual no se podía modificar y reformar en sus principios. Y que por lo tanto, el presente era el único guía fiable para resistir y situarse en un posible futuro mejor.

Así es como en secretos guardados, pasó de ser una chica mona y discreta a ser una mujer con identidad y personalidad propias. Buscando la libertad de la cárcel que -sin su voluntariedad- la condenaron la tercera persona del plural, conjugada por un tiempo de pretérito imperfecto y de modalidad indicativa.

Tras dejar el grupo y sus aburridas conversaciones, dejé de ser espectador para adentrarme a los mares y conversar por primera vez con ella desde que habíamos entrado en la playa. Estaba lejos de la orilla y muy distanciada de los márgenes del grupo. Nadé en dirección al sol, guiándome triunfal sus rayos para llegar a mi destino. Quizá no nos veían, pues nosotros no los veíamos. Notaba el agua helada y provocaba tiritera irregular en algunas zonas de mi cuerpo. Intenté evitar pensar en ello. No obstante, la persistente brisa marina refrenaba mis ideales de resistencia.

Sus prImeros versos y lágrimas me explicaron en sollozos la historia anterior del temor al amor y a los mares. A poca distancia, en ataque histérico de llorera, empezó a empujarme y darme golpes blandos y enérgicos. Por momentos me ahogaba y me estiraba del pelo, para fusionar intermitente los labios, en lo que llaman besos convulsivos. Tras la ternura, volvía la furia de empujes contra mi. Hasta que al fin, retuve sus brazos anulando sus fuerzas y embestidas, enfrentándose las caras a centímetros una de la otra, mirándose fijas en el duelo pasional de las retinas.

Atenuando las fuerzas, acaricié su mojada cabellera y con la otra mano, recorrí con los dedos la piel de su brazo hasta llegar a palpar su espalda. Su cuerpo desprendía una fragancia marítima exquisita y excitante. El perfume fue dominio de mi inspiración. Retraté un verso improvisado e inventado, desabrochando el fácil juego de encaje de la partes nobles del corazón. Su cuerpo gravitó junto al mío, flotando el conjunto en uno solo. En sincronía del entendimiento, nos quitamos recíprocos la única prenda ligera que nos simulaba prudentes y que además, cubría y protegía de las posibles fechorías traviesas.

Expuestos al mar y al sol, relucían nuestros cuerpos a la luz, rindiéndose ambos al inevitable morbo y fogosidad. Entre ahogos del agua, fatigas del esfuerzo y la mezcla del gélido y del calor orgánico, se retrató el pasaje de cuando se accede con éxito al Edén secreto del erotismo. Súmmum de la victoria, cuando los cuerpos se complacen en una melodía mutua y coordinada. El mar en alevosía de aquellas imágenes escandalosas para el sosiego de la naturaleza, dispersó líquidos y fluidos anónimos a las profundidades del Mediterráneo.

En el acto inconsciente de acercar la boca para acariciar la otra boca, frenó con su dedo hostil los labios que se dirigían con delicadeza. Brotaron unas palabras del mismo tártaro que revelaron la noticia de su futuro compromiso conyugal, ya concertado con su pareja sentimental. Se confesó como si estuviera en un confesionario marítimo y yo en imagen patética de como si ejerciera de amigo párroco, que abarca  mística y lujuria. Se helaron las palabras en estremecido silencio de una cumbre de intriga clandestina.

El abrazo agridulce fue el brindis de la felicitación de algo extraño, pero extraordinario a la vez. Sentí que se acababa una etapa que, si bien es cierto, nunca tuvo una etiqueta clasificada. A su vez, me alegraba de que aquella flor tan bonita, de carácter noble y entregado, encontrase una posible vía para el devenir y dejar atrás las etapas caducas que ya deleitó en su plenitud. No se lo prometí, pero decidí internamente y por integridad propia, guardar en secretos todo aquel panorama de pecados y pecadores.

 

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