LA PRESUMIDA

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CAP 4; CONCIERTO MARÍTIMO

II

NAVEGANTES DE ARENA Y ORILLAS

La debilidad carcomía mente y corazón, y eso la trastocaba. Ella que intentaba constante aparentar actitud natural de fortaleza y seguridad. ¿Quién pensaría algo así?. El chico del supermercado que a pesar de muchas miradas y fantasías, se conformaba con sonrisas cobardes. El vecino simpático que alertaba mirar su silueta de arriba abajo en cruzar la puerta. Sus compañeras de trabajo que admiraban su timidez y detestaban el carisma. Si se contemplaba en reflejos cuidando cuidadosa su imagen, se la calificaba en bocas y pensamientos de coqueta, creída y superficial. ¿Pensarían en materias de este tipo?. Vanidad de vanidades. La belleza es esbozo de la realidad. Prescindible, perecedero y prescrito. Una trilogía de la inicial decimoséptima del alfabeto de una lengua tan rica y seductora. Quizá porque sus estudios nunca alcanzaron el nivel superior de su inteligencia.

No era momento de devaneo existencial ni cuestiones transitorias, cuando el licor aturde ideas de escaso raciocinio. De ninguna manera. Con un pasado golpeado y coronado de contradicciones, tenía un orgullo más alto que las dos torres dibujadas detrás de ella. Disimuló girando 180 su cuerpo y encendiéndose un pitillo, ocultando parte del rostro entre el denso humo y su larga cabellera, de manera que no alarmasen sus ojos a los ajenos, el figurado drama que pudieran transmitir. Al serenarse, observó que el grupo ya estaba recreándose en la arena, cual jubilo de niños que corren, se empujan y se tiran a la tierna duna que, por la luz de la noche, tiene un color pardo oscura y cálida. Alguien creyó oportuno darse la licencia de gritar resonante su nombre a lo lejos del hemisferio, enterando a la audiencia celeste de los cielos, a las palmeras robustas que soplaban las velas onomásticas de sus hojas picudas y del mar azul lóbrego que circulaba pacífico pero denotando con penetrante ruido de fondo para que no se olvidasen con su estampa y presencia de que se hallaban en su reino. Envuelta en esa atmósfera, decidió valiente encaminarse hacia el fuego, sabiendo que lo peor no era quemarse, si no el miedo que le producían las cenizas.

En la playa se desprendió de todos aquellos pequeños pesos redundantes en el mar y que la resguardaban prudentemente de discreciones, a la preciada y preciosa Presumida. Se quedó con un ajustado sujetador blanquecino y con un fino hilo de encaje del mismo color que cubría su más íntima fragilidad. El viento a pesar de que no era intenso, se impulsaba suficiente para agitar sensualmente, su larguísima y atezada cabellera. Sonreía para agradar y agradarse. En pose de seducción y embrutecida de fina arena parda en su piel agitanada, se reflejaba en los secretos de las pupilas que la contemplaban como una musa interprete de las bellezas extremas. Trovadores anónimos  inspirados en la poética corporal de un talle esbelto y sexy, provocador de palabras sordas para oídos distraídos y de la contracción de retinas por mirar atónitas a un solo punto óptico. Se placía deslizándose entre la ropa y la arena, frotándose tersa mientras la fresca brisa marina manoseaba, acariciando el cutis de los pies a la cabeza y erizando las zonas más sensibles. Cerró los ojos y exhaló un murmullo profundo de puro confort y deleite que, solo ella sabía explicar el por qué se la originaba tan intensamente la superficie marítima.

Algún trovador se acercaba sin disimulo para observarla más próxima a sus luceros y que, así estos dieran más vida a la fantasía quijotesca. Alertada en el radar instintivo de amenazas, daba la espalda colocándose la melena pegada al cuerpo o intentaba juntar las piernas, intercalando el lado de apoyo. Si se colocaban perpendiculares a ella y la saludaban con gesto de teatro frívolo y mal reproducido, respondía indicando y señalándose el dedo corazón, invitando al contertulio que la observaba impúdico, a ser despachado del análisis pícaro y descarado hacia su persona. Algún osado de inspiración, se atrevía a articular léxico torcido de poca relevancia para el DRAE o, preguntas breves e incompetentes que se evadían con facilidad y poco ingenio.

Los de su grupo se hallaban sentados en círculo, formando armonía con los otros conjuntos de la playa, y que visto desde las alturas, se configuraban como órbitas minúsculas respecto al mar. Entre silencios, Sara una de sus más íntimas, rompió el gélido general, alabando afectuosa con gesto fingido la admiración de su figura sin la ropa que moderaba su atractivo. Por la risita afable e inocente, circularon unas palabras estéticamente indirectas y en esencia directas, destacando que se le hubiese colado algún quilo recientemente, actuando teatral del pesar que sentía por la causa y que aun así, se veía perfecta y sin reparos. Ella, que de ingenua ya no pecaba, le devolvió a ella la ofrenda impertinente en cuestionarle si ya por fin había encontrado a alguien, que el que espera desespera y que Cupido es generoso con todos, inclusive los no tan agraciados en materia de naturalezas. Conducido con el mismo estilo de risita satírica y teatral, mirándose ambas al mismo nivel de arrogancia. La objeción de amores, fastidió a la otra que sonrío pensando que se la devolvería con otra calada similar.. El resto del grupo ya sabía de que iba la función y permanecían con respeto de espectadores que se guardan las opiniones para cuando el ensayo termine.

Jenifer, así se llamaba la chica que no pudo evitar intervenir -por el rechazo que le causaban ambas- en la ceremonia redondel, donde expresó -la que algunos llamaban por su diminutivo tan típico en el país- su disconformidad absoluta en la altanería despectiva de una belleza dotada por el azar y sin meritoria propia, y la de la otra, por considerarla de una intelectualidad más baja que ella, al menos en el plano de la cultura peluquera -donde según ella no era mundo para ineptos de este tipo-. Así es como definió irónicamente todo al contrario, elogiando a la Presumida de estar en los huesos y a la otra, de tener una inteligencia muy elevada para los hombres formados de poca materia. Jenifer, punto medio entre las dos, tenía de ambas la arrogancia y la suspicacia, envidiando a la vez, tener atractivo y humildad. En el festín de las risotadas comediantes siguieron las competencias y se respiraba un ambiente cargado de zalamería artificiosa y postiza, según conveniencias e intereses de cada uno. Se iban pasando el puñal de ataques y mentiras, quedándose agraviado y en ridículo, el que no estaba curtido en este tipo de comedias de enredo.

Al finalizar cuantiosas pláticas de alabanzas y detracciones, el grupo enmudeció inexpresivo como en una tribuna gélida. Ante el silencio macabro, se colaron unas palabras más por el nerviosismo de miradas extraviadas que por aportar valor a un ambiente callado. De tal manera, que se las llevaron la brisa marina, susurrándose mutis fugaz y desapercibida. En las alturas, la luna imperiosa y presumida de galantear y rodearse de tantas estrellas radiantes en su contorno, iluminaba el mar cobalto oscuro de Barcelona, la arena parda de tono apagado y los numerosos participantes de esa noche de entre muchas noches que, quedarían gravados para la posteridad de la antología micro-histórica y de la nada.

El galanteo y soberbia de la luna con las estrellas por una coincidencia alegórica, debió de influir en los pensamientos de aquellos tres trovadores casuales que se pararon -conscientes o no- ante un grupo exponencial y múltiple de otros más, en el amplio espacio. Una cuestión de poca relevancia, sirvió a los marineros caminantes de arenas y orillas para ganarse la integridad parcial del círculo. Las conversaciones fueron rápidamente cómodas y concordares, en un entorno donde la graduación de licores ya hacía autoridad y dominio en lenguaje y razón. Tres treintañeros de tres tendencias distintas, reflejado en la posición y comportamientos de cada cual. La Presumida, llamada también la de la piel y cabellera atezada, se acordó imprecisa de un rostro de uno de ellos, o ese rostro le recordaba a alguien del pasado. Nunca quiso o supo definir esa sinopsis del antaño. Como tampoco sabía si con ese conocido desconocido intercambió algo más íntimo que la palabra, -de una posible entre varias- noche confusa y turbia de las acciones.

La situación le hizo avergonzarse levemente, pues no sabía si su opuesto se acordaría o pensaría de similares recuerdos pasajeros. Probablemente, no se tratara de las opiniones ajenas, sino del fastidio que le causaba el juego que su mente ejercía, nublando a alguien que quizá formó parte en un capítulo de su vida, del cual no supo absolutamente que hizo o pasó. Por lo tanto, decidió fingir y esquivar -aunque no siempre con éxito- la mirada del otro que la observaba mientras dirigía la conversación grupal para recibir la aceptación y bienvenida general. Los otros dos, permanecieron desde el principio, a su lado. Uno de ellos tenía cara de ingenuo y se comportaba excesivamente tímido, no correspondiéndose a una barba y edad ya en plenitud varonil. El otro, era más moderado en aspecto y carácter, pero solo por un rato, en cuanto vio más confianza en el resto, empezaba a articular oratorias del grosor de la Regenta, con repeticiones de vocablos y secuencias, ritmo veloz y, con una temática e importancia, de la cual se alude citar atributos, por respeto a que era un buen hombre y mártir de la rasante intelectual española.

El conocido desconocido, por su otro lado, se comportó prudente sin referirse a ella. Hasta que como todo varón que no puede evitar destacar y presumir de triunfos y dichas en discreción, se dirigió a ella, aludiendo ante los presentes – que empezaban a aburrirse del descenso rítmico de las acciones- que ya habían coincidido en un pasado -para él reciente, para ella remoto- y que si se acordaba de aquella fiesta, de aquel local, de aquella ciudad, de aquellas copas y de aquellas gentes.

Rechazó tal coincidencia, porque ante la duda de saber si realmente lo conocía o no, le pareció una estupidez aceptar algo que no existía nítido y real en su memoria. Era atractivo, no lo negaría, pero con esa cara que ponía de imbécil engreído, como para tener algo consciente con él. A su vez, creyó conveniente tacharlo de impertinente y desagradable en referencia por ese griterío y formas insolentes, tratándola de insensata fulana de bar. El otro convencido a medias tintas del éxito de su arrogante estilo, se quedó retratado en un cuadro con el mar de fondo y una sonrisa que se notaba tan frágil y raquítica, que parecía que las pequeñas olas de fondo se la llevarían en cualquier momento, a las profundidades del mar Mediterráneo.

En el otro plano, Sara la amiga inflechada por la magia de Cupido, se entendió rápido con el charlatán. Admiraba atenta como se pronunciaban los músculos en la gesticulación de las manos, el movimiento del diafragma al coger aire, la articulación gutural y del cuello cuando ejecutaba los interminables sermones, la boca que se abría amplia como un orificio que expulsaba aire opulento, vibratorio y resonante. Se fijó en una mandíbula fuerte y potente, con una cara un poco de bollo que reflejaban su buen comer en las tierras profundas de Castilla y alrededores que, su debido tiempo le permitieran alojarse.

Escuchaba atentamente sorda las peroratas del orador, mientras miraba la lengua de este que, si de tantas palabras embutidas en su boca, le dejaban un pequeño hueco para asomarse, la otra imaginaba mentalmente que debía de sufrir una vida ajetreada para satisfacer a tanta escucha con tal protuberante musculo. De repente, se le escapó una risita, creyendo el otro que la seducción le había caído a través del don de la palabra y no de su físico -que su madre santa siempre debía de alabar- y que era apto para el arte venusiano que había leído en libros de auto ayuda y cursillos de gran coste económico.

Se sentó muy cerca de él, en posición receptiva y moviendo eléctrica su melena, simultáneo a abrirse el escote acentuado que mostraban una gran ”pechonalidad”. Coqueta, le elogiaba de su destreza en el habla, destacando su palabrería tan larga y repetitiva que lo aparentaban inteligente, a diferencia de tanto hombre superficial y salido. El orador, poco acostumbrado a oír cosas semejantes a su lenguaje, le devolvió el cumplido prometiendo promesas futuras de regalarle más historias futboleras, fiesteras, de carreras y de la gastronomía abundante de su pueblo. Sintió calores corporales al oír la palabra promesa, pues le recordaba que sus aventuras con tantos, siempre empezaban de la misma forma, aunque por pesares y causas naturalmente involuntarias, no podían cumplirlas y el destino fatal, los hacía desaparecer bien lejos de su prosperidad amorosa.

¿Acompañaría en esta ocasión la fortuna? Se interrogaba con ese tipo de fórmulas, mientras él seguía hablando y desviando por momentos su mirada en el eje céntrico y voluminoso de su oyente, lo cual provocaba que se quedara en blanco y debiera empezar con nuevo temario. Tras frotarse en varios intentos entre las piernas del charlatán, se imaginaba que el bocazas dejaría de hablar y mover sus músculos lingüísticos, para mover de otros y contraerla en el espacio arenoso de un beso insólito y delictivo que la dejara por el impulso, debajo de él. No obstante, a pesar de saberse de memoria la alineación de todos los partidos de la Primera División de fútbol, no había tocado demasiada lujuria teórica y practica. Así que no captó las indirectas o no se atrevió a entenderlas y siguió con su discurso pasteloso e interminable, mientras la otra ansiaba que la irrumpieran al mundo místico de las carnes. En la poca concordancia, se aprovechó Jénifer, para incordiar y frustrar desgracias ajenas. Era de las que ni comía ni dejaba comer.

Influyó al otro -sin dificultad- destacando que Sara, jamás había tenido novio alguno y que su mala suerte era derivada por causas naturales, pero que ansiaba sin desistir encontrar lo antes posible su príncipe azul. El charlatán que, de por sí ya era un conjunto de miedos e inseguridades amorosas, reaccionó ridículamente en imaginarse en un precipitado compromiso -como sucede en algunos hombres- y se comportó asustado y esquivo, para dar a entender que no se enamorase de él y pudiera causarle enojos y reparos. Todo un santo, sin duda.

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