LA PRESUMIDA

people-2575941_960_720

CAP.4; CONCIERTO MARÍTIMO

III

EROTISMO DE LOS MARES

La Presumida se cansó de tanto espectáculo al ritual ebrio. Eran ya altas horas, y la gente se guiaba más por la irracionalidad que por la poca luz del entendimiento. Faltaba poco para el despertar del amanecer y la playa se iba vaciando paulatinamente. La tibia luz que iba apareciendo, asustaba a esas almas que parecían vivir solo y para la noche. Salían cadáveres con caras pálidas que reflejaban fatiga, depresión y melancolía. Quizá porque el abandonar la minúscula ínsula marítima, era la señal de que pasaba fugaz la magia del fin de semana, purificados en el domingo Santo de resaca, para dar paso al lunes renacido y barroco, que aturdía a la mayoría de cerebros.

Se levantó de su asiento arenal que, sin darse cuenta había gravado en dibujo toda su silueta y posiciones en las que se había retratado como musa. Sonrío al darse cuenta y con el pie esparció la arena por encima, como firma y certificado de que aquella obra era suya. Caminaba en dirección contraria a los nazarenos abatidos que buscaban la salida de aquella atmósfera cargada de vicios y vilezas. Ella, insurrecta por naturaleza, prefirió purificarse en el agua y no en la cama. El frío del colofón de la madrugada, se notaba en su punto más alto de la noche y en la apertura del nuevo día, contagiando un frescor que hacía tiritar los cuerpos. Le pareció gracioso Jugar con sus manos y formar un dibujo circular entre sus dedos que hicieran empequeñecer al madrugador astro de los cielos.

Tiró de decisión y creencias propias, transitando por la duna con elevada actitud, esparciéndose la arena pisada, en las periferias de su trayectoria. En una torpeza, que a pesar de ser inarmónica, le quedaba bella por la naturalidad. Al llegar a la orilla se detuvo por el helor del mar, que le dio un escalofrío estremecido por todo el cuerpo. Exhibía a la naturaleza marina sus curvas acentuadas de buen ver y parecer. El conocido desconocido, apareció detrás suyo después de una galopada impulsada por Humillación. Dignidad, caída y desplomada a la altura de sus rótulas, temblaba raquítica y sostenida por Desesperación. Infamia hablaba por boca de Sollozo, y este articulaba a Hipocresía, que de tan fingida y ruidosa, despertó enfadosa a Recelo. Feminidad en soberbia, despidiose de Patetismo y se adentró en el albedrío de los mares buscando a Serenidad que, cabreada con Acosador, llamó a las Nereidas del Mediterráneo, que neutralizaron a Molestia su cabida en el Mar con una ola, apodada Cólera.

Se lanzó al mar de una tirada, poniendo su cabeza por delante y provocando el ruido sordo del agua. Los primeros rayos del sol la iluminaban en su buceo que duró unos segundos, según las cuentas de unos pulmones fumadores. La confundieron con una sirena que se escapó de las fábulas y leyendas de los grecolatinos. Otros pensaron que se trataba por su sensualidad y fragancia conquistadora de la augusta Calíope. Saciada de amores, tenía la facultad de Dafne de convertirse en un laurel intangible y esquivar la solicitud de sus amantes.

Desde pequeña, el mar fue su gran pasión. Nadaba con cualidad y elegancia, moviéndose de distintas formas. Dentro de sus fantasías, le hubiese gustado ser hija del mar, de esas que se hallan en los libros escondidos y llenos de polvo. No tuvo por fortuna la herencia de piélagos ni descendencia de fábulas marinas.

Fue hija del abandono y de la nada, que suele clasificarse de estirpe sin raíz. Resultado de una trinidad grotesca; la desidia humana, la falta ética y el delito moral. El ser adoptada y acarrear una vida llena de desventuras y desdichas, despertó prematuramente en ella, dejar de lado la poesía alegórica y las historias fantásticas. Chocó con una realidad llena de crudezas, objeciones y estados distintos.

La genética anónima le concedió un físico atractivo de lineado voluptuoso. No la dejaron ser la más hermosa porque la belleza es una moda subjetiva donde nadie se salva de ser prescindible. La desconocida cualidad física no fue su principal, ya que le proporcionó más conflictos en la pragmática de una sociedad desordenada y anclada todavía en las historias del abuelo.

Ella, un conjunto de emociones, fragilidades y sensibilidades. El ser humano detecta en su radar instintivo la flaqueza de virtudes ajenas, circundando a su alrededor, para acabar pisoteando y aferrarse a la creencia de ascender por encima de los otros en sus méritos propios, quizá envidiando de aquello que no posee ni alcanza.

El miedo a lo marítimo, no fue causa gratuita. Conoció a su primer amor -al que tanto se entregó en vano- en una playa del Maresme, entre oleajes que -en aquel entonces- le parecieron aguas apacibles. Poseidón o el ingrato de aquella playa, solo le ofreció experiencias de atormentadas mareas y corrientes adversas. Furiosa deidad poco escrupulosa con una chica todavía en flor adolescente. Envuelta en problemática de este tipo, decidió involuntaria a ya no volver a ser la misma.

 

Desarrolló la astucia como arma de defensa y ataque, frialdad y desprecio en conveniencias de pretendientes y amistades y la idea de un amor relativo, unas veces pasional, y otras aborrecida y en perpetua manía de la romántica. Y tras tantos enlaces, descubrió que la fórmula de la vida estaba en las circunstancias y el entorno, de la cual no se podía modificar y reformar en sus principios. Y que por lo tanto, el presente era el único guía fiable para resistir y situarse en un posible futuro mejor.

Así es como en secretos guardados, pasó de ser una chica mona y discreta a ser una mujer con identidad y personalidad propias. Buscando la libertad de la cárcel que -sin su voluntariedad- la condenaron la tercera persona del plural, conjugada por un tiempo de pretérito imperfecto y de modalidad indicativa.

Tras dejar el grupo y sus aburridas conversaciones, dejé de ser espectador para adentrarme a los mares y conversar por primera vez con ella desde que habíamos entrado en la playa. Estaba lejos de la orilla y muy distanciada de los márgenes del grupo. Nadé en dirección al sol, guiándome triunfal sus rayos para llegar a mi destino. Quizá no nos veían, pues nosotros no los veíamos. Notaba el agua helada y provocaba tiritera irregular en algunas zonas de mi cuerpo. Intenté evitar pensar en ello. No obstante, la persistente brisa marina refrenaba mis ideales de resistencia.

Sus prImeros versos y lágrimas me explicaron en sollozos la historia anterior del temor al amor y a los mares. A poca distancia, en ataque histérico de llorera, empezó a empujarme y darme golpes blandos y enérgicos. Por momentos me ahogaba y me estiraba del pelo, para fusionar intermitente los labios, en lo que llaman besos convulsivos. Tras la ternura, volvía la furia de empujes contra mi. Hasta que al fin, retuve sus brazos anulando sus fuerzas y embestidas, enfrentándose las caras a centímetros una de la otra, mirándose fijas en el duelo pasional de las retinas.

Atenuando las fuerzas, acaricié su mojada cabellera y con la otra mano, recorrí con los dedos la piel de su brazo hasta llegar a palpar su espalda. Su cuerpo desprendía una fragancia marítima exquisita y excitante. El perfume fue dominio de mi inspiración. Retraté un verso improvisado e inventado, desabrochando el fácil juego de encaje de la partes nobles del corazón. Su cuerpo gravitó junto al mío, flotando el conjunto en uno solo. En sincronía del entendimiento, nos quitamos recíprocos la única prenda ligera que nos simulaba prudentes y que además, cubría y protegía de las posibles fechorías traviesas.

Expuestos al mar y al sol, relucían nuestros cuerpos a la luz, rindiéndose ambos al inevitable morbo y fogosidad. Entre ahogos del agua, fatigas del esfuerzo y la mezcla del gélido y del calor orgánico, se retrató el pasaje de cuando se accede con éxito al Edén secreto del erotismo. Súmmum de la victoria, cuando los cuerpos se complacen en una melodía mutua y coordinada. El mar en alevosía de aquellas imágenes escandalosas para el sosiego de la naturaleza, dispersó líquidos y fluidos anónimos a las profundidades del Mediterráneo.

En el acto inconsciente de acercar la boca para acariciar la otra boca, frenó con su dedo hostil los labios que se dirigían con delicadeza. Brotaron unas palabras del mismo tártaro que revelaron la noticia de su futuro compromiso conyugal, ya concertado con su pareja sentimental. Se confesó como si estuviera en un confesionario marítimo y yo en imagen patética de como si ejerciera de amigo párroco, que abarca  mística y lujuria. Se helaron las palabras en estremecido silencio de una cumbre de intriga clandestina.

El abrazo agridulce fue el brindis de la felicitación de algo extraño, pero extraordinario a la vez. Sentí que se acababa una etapa que, si bien es cierto, nunca tuvo una etiqueta clasificada. A su vez, me alegraba de que aquella flor tan bonita, de carácter noble y entregado, encontrase una posible vía para el devenir y dejar atrás las etapas caducas que ya deleitó en su plenitud. No se lo prometí, pero decidí internamente y por integridad propia, guardar en secretos todo aquel panorama de pecados y pecadores.

 

Anuncios

LA PRESUMIDA

47586258_1977404722372620_3751289194131897262_n

CAP 4; CONCIERTO MARÍTIMO

II

NAVEGANTES DE ARENA Y ORILLAS

La debilidad carcomía mente y corazón, y eso la trastocaba. Ella que intentaba constante aparentar actitud natural de fortaleza y seguridad. ¿Quién pensaría algo así?. El chico del supermercado que a pesar de muchas miradas y fantasías, se conformaba con sonrisas cobardes. El vecino simpático que alertaba mirar su silueta de arriba abajo en cruzar la puerta. Sus compañeras de trabajo que admiraban su timidez y detestaban el carisma. Si se contemplaba en reflejos cuidando cuidadosa su imagen, se la calificaba en bocas y pensamientos de coqueta, creída y superficial. ¿Pensarían en materias de este tipo?. Vanidad de vanidades. La belleza es esbozo de la realidad. Prescindible, perecedero y prescrito. Una trilogía de la inicial decimoséptima del alfabeto de una lengua tan rica y seductora. Quizá porque sus estudios nunca alcanzaron el nivel superior de su inteligencia.

No era momento de devaneo existencial ni cuestiones transitorias, cuando el licor aturde ideas de escaso raciocinio. De ninguna manera. Con un pasado golpeado y coronado de contradicciones, tenía un orgullo más alto que las dos torres dibujadas detrás de ella. Disimuló girando 180 su cuerpo y encendiéndose un pitillo, ocultando parte del rostro entre el denso humo y su larga cabellera, de manera que no alarmasen sus ojos a los ajenos, el figurado drama que pudieran transmitir. Al serenarse, observó que el grupo ya estaba recreándose en la arena, cual jubilo de niños que corren, se empujan y se tiran a la tierna duna que, por la luz de la noche, tiene un color pardo oscura y cálida. Alguien creyó oportuno darse la licencia de gritar resonante su nombre a lo lejos del hemisferio, enterando a la audiencia celeste de los cielos, a las palmeras robustas que soplaban las velas onomásticas de sus hojas picudas y del mar azul lóbrego que circulaba pacífico pero denotando con penetrante ruido de fondo para que no se olvidasen con su estampa y presencia de que se hallaban en su reino. Envuelta en esa atmósfera, decidió valiente encaminarse hacia el fuego, sabiendo que lo peor no era quemarse, si no el miedo que le producían las cenizas.

En la playa se desprendió de todos aquellos pequeños pesos redundantes en el mar y que la resguardaban prudentemente de discreciones, a la preciada y preciosa Presumida. Se quedó con un ajustado sujetador blanquecino y con un fino hilo de encaje del mismo color que cubría su más íntima fragilidad. El viento a pesar de que no era intenso, se impulsaba suficiente para agitar sensualmente, su larguísima y atezada cabellera. Sonreía para agradar y agradarse. En pose de seducción y embrutecida de fina arena parda en su piel agitanada, se reflejaba en los secretos de las pupilas que la contemplaban como una musa interprete de las bellezas extremas. Trovadores anónimos  inspirados en la poética corporal de un talle esbelto y sexy, provocador de palabras sordas para oídos distraídos y de la contracción de retinas por mirar atónitas a un solo punto óptico. Se placía deslizándose entre la ropa y la arena, frotándose tersa mientras la fresca brisa marina manoseaba, acariciando el cutis de los pies a la cabeza y erizando las zonas más sensibles. Cerró los ojos y exhaló un murmullo profundo de puro confort y deleite que, solo ella sabía explicar el por qué se la originaba tan intensamente la superficie marítima.

Algún trovador se acercaba sin disimulo para observarla más próxima a sus luceros y que, así estos dieran más vida a la fantasía quijotesca. Alertada en el radar instintivo de amenazas, daba la espalda colocándose la melena pegada al cuerpo o intentaba juntar las piernas, intercalando el lado de apoyo. Si se colocaban perpendiculares a ella y la saludaban con gesto de teatro frívolo y mal reproducido, respondía indicando y señalándose el dedo corazón, invitando al contertulio que la observaba impúdico, a ser despachado del análisis pícaro y descarado hacia su persona. Algún osado de inspiración, se atrevía a articular léxico torcido de poca relevancia para el DRAE o, preguntas breves e incompetentes que se evadían con facilidad y poco ingenio.

Los de su grupo se hallaban sentados en círculo, formando armonía con los otros conjuntos de la playa, y que visto desde las alturas, se configuraban como órbitas minúsculas respecto al mar. Entre silencios, Sara una de sus más íntimas, rompió el gélido general, alabando afectuosa con gesto fingido la admiración de su figura sin la ropa que moderaba su atractivo. Por la risita afable e inocente, circularon unas palabras estéticamente indirectas y en esencia directas, destacando que se le hubiese colado algún quilo recientemente, actuando teatral del pesar que sentía por la causa y que aun así, se veía perfecta y sin reparos. Ella, que de ingenua ya no pecaba, le devolvió a ella la ofrenda impertinente en cuestionarle si ya por fin había encontrado a alguien, que el que espera desespera y que Cupido es generoso con todos, inclusive los no tan agraciados en materia de naturalezas. Conducido con el mismo estilo de risita satírica y teatral, mirándose ambas al mismo nivel de arrogancia. La objeción de amores, fastidió a la otra que sonrío pensando que se la devolvería con otra calada similar.. El resto del grupo ya sabía de que iba la función y permanecían con respeto de espectadores que se guardan las opiniones para cuando el ensayo termine.

Jenifer, así se llamaba la chica que no pudo evitar intervenir -por el rechazo que le causaban ambas- en la ceremonia redondel, donde expresó -la que algunos llamaban por su diminutivo tan típico en el país- su disconformidad absoluta en la altanería despectiva de una belleza dotada por el azar y sin meritoria propia, y la de la otra, por considerarla de una intelectualidad más baja que ella, al menos en el plano de la cultura peluquera -donde según ella no era mundo para ineptos de este tipo-. Así es como definió irónicamente todo al contrario, elogiando a la Presumida de estar en los huesos y a la otra, de tener una inteligencia muy elevada para los hombres formados de poca materia. Jenifer, punto medio entre las dos, tenía de ambas la arrogancia y la suspicacia, envidiando a la vez, tener atractivo y humildad. En el festín de las risotadas comediantes siguieron las competencias y se respiraba un ambiente cargado de zalamería artificiosa y postiza, según conveniencias e intereses de cada uno. Se iban pasando el puñal de ataques y mentiras, quedándose agraviado y en ridículo, el que no estaba curtido en este tipo de comedias de enredo.

Al finalizar cuantiosas pláticas de alabanzas y detracciones, el grupo enmudeció inexpresivo como en una tribuna gélida. Ante el silencio macabro, se colaron unas palabras más por el nerviosismo de miradas extraviadas que por aportar valor a un ambiente callado. De tal manera, que se las llevaron la brisa marina, susurrándose mutis fugaz y desapercibida. En las alturas, la luna imperiosa y presumida de galantear y rodearse de tantas estrellas radiantes en su contorno, iluminaba el mar cobalto oscuro de Barcelona, la arena parda de tono apagado y los numerosos participantes de esa noche de entre muchas noches que, quedarían gravados para la posteridad de la antología micro-histórica y de la nada.

El galanteo y soberbia de la luna con las estrellas por una coincidencia alegórica, debió de influir en los pensamientos de aquellos tres trovadores casuales que se pararon -conscientes o no- ante un grupo exponencial y múltiple de otros más, en el amplio espacio. Una cuestión de poca relevancia, sirvió a los marineros caminantes de arenas y orillas para ganarse la integridad parcial del círculo. Las conversaciones fueron rápidamente cómodas y concordares, en un entorno donde la graduación de licores ya hacía autoridad y dominio en lenguaje y razón. Tres treintañeros de tres tendencias distintas, reflejado en la posición y comportamientos de cada cual. La Presumida, llamada también la de la piel y cabellera atezada, se acordó imprecisa de un rostro de uno de ellos, o ese rostro le recordaba a alguien del pasado. Nunca quiso o supo definir esa sinopsis del antaño. Como tampoco sabía si con ese conocido desconocido intercambió algo más íntimo que la palabra, -de una posible entre varias- noche confusa y turbia de las acciones.

La situación le hizo avergonzarse levemente, pues no sabía si su opuesto se acordaría o pensaría de similares recuerdos pasajeros. Probablemente, no se tratara de las opiniones ajenas, sino del fastidio que le causaba el juego que su mente ejercía, nublando a alguien que quizá formó parte en un capítulo de su vida, del cual no supo absolutamente que hizo o pasó. Por lo tanto, decidió fingir y esquivar -aunque no siempre con éxito- la mirada del otro que la observaba mientras dirigía la conversación grupal para recibir la aceptación y bienvenida general. Los otros dos, permanecieron desde el principio, a su lado. Uno de ellos tenía cara de ingenuo y se comportaba excesivamente tímido, no correspondiéndose a una barba y edad ya en plenitud varonil. El otro, era más moderado en aspecto y carácter, pero solo por un rato, en cuanto vio más confianza en el resto, empezaba a articular oratorias del grosor de la Regenta, con repeticiones de vocablos y secuencias, ritmo veloz y, con una temática e importancia, de la cual se alude citar atributos, por respeto a que era un buen hombre y mártir de la rasante intelectual española.

El conocido desconocido, por su otro lado, se comportó prudente sin referirse a ella. Hasta que como todo varón que no puede evitar destacar y presumir de triunfos y dichas en discreción, se dirigió a ella, aludiendo ante los presentes – que empezaban a aburrirse del descenso rítmico de las acciones- que ya habían coincidido en un pasado -para él reciente, para ella remoto- y que si se acordaba de aquella fiesta, de aquel local, de aquella ciudad, de aquellas copas y de aquellas gentes.

Rechazó tal coincidencia, porque ante la duda de saber si realmente lo conocía o no, le pareció una estupidez aceptar algo que no existía nítido y real en su memoria. Era atractivo, no lo negaría, pero con esa cara que ponía de imbécil engreído, como para tener algo consciente con él. A su vez, creyó conveniente tacharlo de impertinente y desagradable en referencia por ese griterío y formas insolentes, tratándola de insensata fulana de bar. El otro convencido a medias tintas del éxito de su arrogante estilo, se quedó retratado en un cuadro con el mar de fondo y una sonrisa que se notaba tan frágil y raquítica, que parecía que las pequeñas olas de fondo se la llevarían en cualquier momento, a las profundidades del mar Mediterráneo.

En el otro plano, Sara la amiga inflechada por la magia de Cupido, se entendió rápido con el charlatán. Admiraba atenta como se pronunciaban los músculos en la gesticulación de las manos, el movimiento del diafragma al coger aire, la articulación gutural y del cuello cuando ejecutaba los interminables sermones, la boca que se abría amplia como un orificio que expulsaba aire opulento, vibratorio y resonante. Se fijó en una mandíbula fuerte y potente, con una cara un poco de bollo que reflejaban su buen comer en las tierras profundas de Castilla y alrededores que, su debido tiempo le permitieran alojarse.

Escuchaba atentamente sorda las peroratas del orador, mientras miraba la lengua de este que, si de tantas palabras embutidas en su boca, le dejaban un pequeño hueco para asomarse, la otra imaginaba mentalmente que debía de sufrir una vida ajetreada para satisfacer a tanta escucha con tal protuberante musculo. De repente, se le escapó una risita, creyendo el otro que la seducción le había caído a través del don de la palabra y no de su físico -que su madre santa siempre debía de alabar- y que era apto para el arte venusiano que había leído en libros de auto ayuda y cursillos de gran coste económico.

Se sentó muy cerca de él, en posición receptiva y moviendo eléctrica su melena, simultáneo a abrirse el escote acentuado que mostraban una gran ”pechonalidad”. Coqueta, le elogiaba de su destreza en el habla, destacando su palabrería tan larga y repetitiva que lo aparentaban inteligente, a diferencia de tanto hombre superficial y salido. El orador, poco acostumbrado a oír cosas semejantes a su lenguaje, le devolvió el cumplido prometiendo promesas futuras de regalarle más historias futboleras, fiesteras, de carreras y de la gastronomía abundante de su pueblo. Sintió calores corporales al oír la palabra promesa, pues le recordaba que sus aventuras con tantos, siempre empezaban de la misma forma, aunque por pesares y causas naturalmente involuntarias, no podían cumplirlas y el destino fatal, los hacía desaparecer bien lejos de su prosperidad amorosa.

¿Acompañaría en esta ocasión la fortuna? Se interrogaba con ese tipo de fórmulas, mientras él seguía hablando y desviando por momentos su mirada en el eje céntrico y voluminoso de su oyente, lo cual provocaba que se quedara en blanco y debiera empezar con nuevo temario. Tras frotarse en varios intentos entre las piernas del charlatán, se imaginaba que el bocazas dejaría de hablar y mover sus músculos lingüísticos, para mover de otros y contraerla en el espacio arenoso de un beso insólito y delictivo que la dejara por el impulso, debajo de él. No obstante, a pesar de saberse de memoria la alineación de todos los partidos de la Primera División de fútbol, no había tocado demasiada lujuria teórica y practica. Así que no captó las indirectas o no se atrevió a entenderlas y siguió con su discurso pasteloso e interminable, mientras la otra ansiaba que la irrumpieran al mundo místico de las carnes. En la poca concordancia, se aprovechó Jénifer, para incordiar y frustrar desgracias ajenas. Era de las que ni comía ni dejaba comer.

Influyó al otro -sin dificultad- destacando que Sara, jamás había tenido novio alguno y que su mala suerte era derivada por causas naturales, pero que ansiaba sin desistir encontrar lo antes posible su príncipe azul. El charlatán que, de por sí ya era un conjunto de miedos e inseguridades amorosas, reaccionó ridículamente en imaginarse en un precipitado compromiso -como sucede en algunos hombres- y se comportó asustado y esquivo, para dar a entender que no se enamorase de él y pudiera causarle enojos y reparos. Todo un santo, sin duda.

LA PRESUMIDA

49472614_128337571525795_7709759255718785596_n

CAP.4; CONCIERTO MARÍTIMO

I

VILA OLÍMPICA

Los luceros de la noche vieron salir a la Presumida de la zona nocturna de la Vila Olímpica. La temperatura veraniega era apacible y serena, pero al permanecer parte de la noche tomándose el Gin en la terraza de la discoteca que daba a primera línea de mar, notaba una brisa fresca causante de leve friolera y rigidez en el cuerpo. La luna íntegra y fulgurante de luz iluminaba la ciudad y despertaba los deseos de sujetos anónimos que escribían inconscientes, sus propias historias a la antología postrera de la eternidad.

La soberbia celeste, galanteaba imperiosa con las estrellas del cielo. Con arrogancia atrevida y dulce las seducía, enamorándolas de versos que recitaba con sus pedacitos de luz de luna. El falso guía embaucaba después, mentiras de engaño amoroso. Se evadía del compromiso cambiándose constantemente de formas, fingiéndose en la apariencia hasta de cuatro estados diferentes. Cuando las estrellas sentían ser utilizadas por la vil infamia, apagaban su iluminación para que el firmamento no viera el despojo deshonrado.

Se cubrió con la chaqueta rocker de cuero negra y ajustada, ornamentada con varias cremalleras y cadenas decorativas que le daban una estilística más anárquica y desenfadada. Debajo de esta, presumía de una blusa rosácea de tono claro y suave, con escote cruzado que dibujaba una uve en el centro del corazón, imagen calcada a cuando gestual, fumaba el cigarrillo pinzado a dos dedos. La falda corta de tubo negra que marcaba con atractivo las formas voluptuosas de su cuerpo, contrastaba gustosamente con la blusa y accidentaba inevitable, la atracción mental y visual de los peregrinos curiosos del paseo marítimo

 

Tierna, caminaba descalza y murmuraba un leve quejido del dolor que le hacían sus blandos pies. Ese pesar fue la recompensa de bailar entregada y eléctrica a los placeres mundanos de la noche y someterse en esas circunstancias -por un largo periodo- a  unas plataformas tan considerables y llamativas.

Al cruzar las altas Torres de la Vila, se veía otra playa que comunicaba con las muchas que tiene Barcelona. Los residentes de la ciudad no las admiran con la misma gracia como aquellos que las sienten y ven por primera vez. En estos se palpa claramente, una expresión de temor y respeto hacia las aguas apacibles del Mediterráneo -evadiendo ágiles el agua que se les aproxima- como si las diminutas olas y corriente serenas pudieran arrástralos a la perdición inmensa de los mares.

Al llegar a la rampa que conducía directa a la arena parda, paró instantánea el movimiento, dudando si era buena opción adentrarse por aquella travesía. La mayoría no se dio cuenta de la reacción. Fue una parálisis del cuerpo, pero la causa venía de sus adentros. El motor que trabaja desde arriba, se quedó en blanco, no por mucho tiempo, quizá unos segundos, lo que pueda tardar un subconsciente en evocar recuerdos pasados. Segundos que abarcaron toda una infancia y adolescencia.

Recuerdos intangibles de descarga rápida y que fueron a su vez, material memoria cargante de intimidades personales. El grupo distraído en relatos breves de lo sucedido poco antes en la discoteca, ignorando sin querer, el estado opuesto de aflicción. Caminaban, bebían y reían bajando la amplia y empinada rampa, donde se decoraba de latas y botellas por el suelo. Un arte rústico y urbano de brutos que violaron a la que llaman la madre de todas las madres, por su elevado y desinteresado altruismo.

LA PRESUMIDA

a

CAP.3; El burlón

I

TURBIA DE CRISTAL

No sabía cómo maquinar el desgarramiento que revolvía las profundidades. Se miraba en el espejo. Se rechazaba descortés, menospreciando lo que para ella era discorde belleza y lo que, para otros originó versos de primer grado. El burlón de los espejos se burlaba de sus dudas, enredándola en reminiscencia lejana y vaga. Travesuras irónicas reflejadas en el cristal físico y mental que tan deleitoso para el burlón, como de amarga aflicción para la víctima.

El juego de las burlas evocaba el inicio tormentoso de unos dulces 18 años. Lo llamaban trastorno, otros lo denominaban desorden y los empresarios emprendedores y positivos, lo llamaban simplemente algo de ‘’desgana profesional’’ –quizás de vivir-. Como en la Náusea de Sartre, sintió su existencia en una travesía de focos pálidos y potentes, de mareos, vómitos y de voces y miradas que la observaban como una pobre enfermiza incomprendida. Era tan poco consciente de su vida, como de la misma forma, le habían concedido apenas tiempo suficiente para conocerla.]

Revelaba las voluptuosas formas dibujadas con exquisito refinamiento por el pincel soberbio del sensualismo. La ausencia de voces y sonidos ensordecidos y mudos por asombro a la definición precisa del cuerpo excelente y armónico. Silencio silenciado por la brisa balsámica de sus miembros naturales resplandecientes de calores cálidos y penetrantes. La desnudez vestía de gala con un modelo atractivo de tono enérgico y natural. Sin sonrisa, rimaba pulcra las consonantes de las formas labiales, dentales y velares de su boca. La finura de sus labios estáticos y sin expresión musicalizaba con delicia la hermosura de su cara.

Sin embargo, el reflejo se le presentaba distinto para ella. Veía exageradas y horrendas sus formas con un gusto desafinado. Nunca creyó en los versos. La poética se le antojaba ridícula y fantástica. Su idealismo platónico estaba más que enterrado en sepulcros. Sentía la autoestima en números rojos, subiendo sin reparo el coste elevado de este. Tan solo veía una silueta y complexión en decadencia. Unas curvas estrelladas en una carretera despojada de atributos, unos muslos y un trasero amplios que -en poco tiempo y sin saber cómo- se le figuraban sobre abultados al contorno. Pechos de los que en un tiempo pasado fue mejor.

El maldito de los burladores volvía a jugar con ella como si fuese una frágil muñeca. Engaños serían verdades para algunos y veracidad que sería mentira para otros. Pensó en disparatadas ideas. La debilidad carcomía a la que para muchos fue inspiración de deseos y envidias. Tan altiva y recia en público y, en cambio en su soledad era un conjunto de debilidades. Funciones clandestinas en que los espectadores eran el burlón, las paredes de color celeste y sus fresquísimas y perfumadas sábanas rosáceas que decoraban con estética y vitalidad la fría alcoba vacía de amor y de sexo.

Sintió el dolor traducido en ausencia del amor. Lo necesitaba, lo necesitaba en gran cantidad. No era un tipo de amor masticado que debían regalarle dulce y tierno. Estaba cansada de que la obsequiaran de mezquindad interesada. Miró el repertorio repleto de solicitudes de sus pretendientes, que con más asco que antipatía los dejó todos en leídos. Sintió la misma náusea que cuando observaba fijamente al burlón cristalino. Su búsqueda era otra, otra que le concediese amor propio, sin promesas ni artificio de comediantes que se colgaban y se prendían, ridículamente de sus virtudes. Por fatiga o por pereza, aquello le producía un mar profundo de agobios.

LA PRESUMIDA

46604359_559200164549253_7353051204011126274_n

CAP.3; El burlón

III

ESPEJO ROTO

Se encendió un cigarrillo y esparcía el humo espeso y blanco, abarrotando toda una atmósfera de humo denso y concentrado. Las caladas relajaron el consumo de fatiga y placer. Tenía pintada dos rosas rojizas y ardientes en cada canto de su cara y su cabellera con un estilo algo desenfadado y desbordado. Entre caladas, permanecía fija mirándose en el espejo.

El burlón intentó reflejarse en recuerdos revueltos y desordenados. Se reflejaban entelequia imágenes en neblina, figuras descompuestas, símiles incoherentes y un olor acre intermitente y habitual. Delirios atrofiados y de traumas rasgados que pesaban emocionalmente. Aquel burlador se recreaba en la complacencia del sufrimiento de esos dos luceros oliváceos que, en otras ocasiones derramaban gotas afluentes del Mediterráneo. El mismo que antaño presenció las caídas agresivas contra el suelo que le propiciaba su primer amor, al que entregó parte de su corazón ennoblecido. Mentales carcajadas tenebrosas retumbaban por la amplia y fría alcoba.

Esta vez, reaccionó altiva y despectiva ante el cristalino, retando orgullosa al que la ofendía y se burlaba persistente de su blandura. Caminaba soberbia acercándose al reflejo en una bella imagen celestial que la definían osada y presumida. De frente, se revolvió en súbitos movimientos, alterando su larga melena lacea y atezada. Sus ojos se clavaban en ella y se miraba firme, prestándose con respeto y admiración que merecía con creces.

La sangre brotó por su benigno puño que, con el impacto contra el vidrio, derramó un manantial de cristalinos minúsculos y punzantes. El licor escarlata circulaba por la finura de sus dedos que le dolían con gravedad. Histeria arrebatada que dominó el control por un instante, y que sintió como el triunfo justo de su conciencia.

De todas formas, el asunto no fue grave, tratándose solo de un espejo. Desde hacía tiempo deseaba cambiarlo por otro que no le recordara al pasado y que reflejara -al menos- el ventanal que ofrecía las vistas florecidas del jardín y así, decorar de alegría los momentos de penuria.

LA PRESUMIDA

46318684_593466567768844_4700577197672120143_n

CAP.3; El burlón

II

VIAJE POR LA AUTOVÍA DE LA INTIMIDAD

Caminaba desnuda con su piel almidonada y radiante, manifestándose provocativa a la vista de los objetos inmóviles y mudos que asistían frecuentes a la lírica de su escenografía. Se dejó caer blandamente sobre la fresca y rosácea cama, gimiendo satisfecha un soplo placentero como si se hubiera hundido en un prado de flores. Las sábanas celosas del concierto la envolvieron de lujuria y del perfume predilecto, que a veces le aborrecía rutinaria y otras quedaba cautivada de la fragancia.

A fuego lento emprendió con la mano móvil un viaje descendiente por la autovía de su cuerpo, dirección a los secretos de su intimidad. Se acariciaba como solo ella sabía, notando la lisura delicada de la carne de sus dedos, que empezaban a encenderla levemente. Una mano permanecía agarrando las sábanas rosadas, que angustiadas chillaban silenciosas en nombre del hambre.

La otra hacía el recorrido de apertura desde la cabellera, circulando por el perfume femenino elegante y sensual que intoxicaba de erotismo la zona anillar del cuello. Trazaron por esferas simétricas de blanquecino, que contrastaban con el resto del cuerpo, y que la yema ejercía caricias suaves al pico sensitivo y rugoso. El juego se combinaba en círculos uniformes que ensanchaban el diafragma, acreciendo el volumen y ritmo respiratorio. Por la otra banda, los brutos y repentinos pellizcos eran consecuentes de un leve sonido punzante de dolor placentero.

Sin tiempo determinado dejó la zona alta del corazón -esponjosa para sus amantes y sensible a los amores- y prosiguió el viaje que alcanzaba el ecuador de los deseos. El ombligo era el centro de su cuerpo y núcleo para los labios de los amantes sumisos que besaban la piel tan fina y deleitable. Jugaba con la perla plateada de su ombligo que sensual le daban un toque desigual a la naturalidad de su vientre.

El bello erizado, simultáneo a la estimulación de corrientes placenteras por la pelvis, muslos y pecho. El rosáceo de las sábanas se convertía en calentura húmeda y mojada, perdiendo el frescor y perfume iniciales. Empezaban a rozarse las entradas del placer, los enigmas del gozo. Su figura se endurecía y contraía contagiando a todas sus extremidades, que algunas sudaban ardientes y se mezclaban paulatinas con el mojado del rosáceo.

Musicalizó la directora de orquesta los versos poéticos y melódicos que tenía guardados en el alma, alternando concordancia de ritmos suaves e intensos. En el pleno clamor de los acordes, articulaba una voz suavemente escandalosa y desgarrada que dejaban al burlón de los espejos como un relámpago furioso de excitación, empapándose de un vaho caliente que hacía borrasca en una parte del cristalino. En forma de cámara seguía cada movimiento de la musa y se reflejaba en el vidrio para duplicar la escena intrínseca. Ella lo observaba y se observaba de frente. Cerró los ojos por vergüenza de verse tan íntima y porque parte del placer se lo provocaba. Sin perder el registro y tono elevados.

Absorta en su singular fantasía, se le olvidó que la ventana se desplazaba inquieta y sonámbula. Soplos de aire que con cólera furiosa resonaban por toda la habitación y que causaban golpes estremecidos. La brisa fresca ventilaba y renovaba el oxígeno de la habitación, cargado de bochorno y libido. Rozaba con frescor el ardiente cuerpo, como si la corriente de aire fuera la fricción de unas manos eróticas que evocaban al pretérito. Las caricias eólicas de helor fueron las detonantes de espasmos incontrolables y de la contracción completa de todo su cuerpo rígido.

En la plétora del clímax, resonaban sus gemidos por el ventanal, accediendo al jardín silenciado y florido de naranjales y margaritas blancas. La luna iluminaba el pequeño pero refinado vergel que reposaba en la noche de una primavera revoltosa. El cielo estaba sereno y -aunque no era frecuente- estaba diáfano, divisándose con claridad los astros en el cielo. Tras terminar el apogeo y culminación de sus deseos, con la respiración agitada y complaciente estiró todo el cuerpo en la cama con las piernas arqueadas y los pies helados de base.

 

LA PRESUMIDA

45397712_315692369037931_1225726125833233985_n

CAP 2: LA DISCOTECA

III

ANTOLOGÍA DE MELODÍA Y HUMO

 

Seguía la noche, seguía bailando. Su ímpetu permanecía intacto como lo estaba Fascinación, su vestido azulado cargado de corriente eléctrica y que no era accesible ni digno para todos los públicos, y menos aún, para tanto ingrato suelto. Intercalaba baile y barra, según el grado de vicio. Tenía sed y carga emocional. A veces Gin, a veces Whiskey.

Esa noche dejó la combinación de ambos en manos de la improvisación y el diablo agradecido de su valía, le brindó las copas que ya olían a escándalos. Volvía a integrarse la carroña cumpliéndose la ley de atracciones. Empezaron los métodos del “descartes”.

El tiempo no lo perdía en selecciones. Los ojos y corazón son herramientas que observan y sienten, seleccionan y trabajan. Hay quienes rechazan correlación y los aceptan independientes entre ellos. Los suyos permanecían cerrados por reforma, y no se trata de ironía, no ignoraba a tantos por desprecio del deleite propio o porque fuera una mujer cruel y despiadada con los hombres.

El hastío y la desgana en la vida -en épocas no tan floridas- son infértil a la pasión, pero necesarios para perfeccionar aquellas carencias que atrofiaron al amor propio. Por otra parte, simultánea la impotencia hería profundamente orgullos y arraigos varoniles que no la dejarían descansar en su reposo sentimental.

Insinuante se mostraba para los presentes en la sala -la que llamaban de piel caoba y melena oscura- inclinada en el mostrador, tomándose su combinado estimulado de arrebatos. Hacía bello la forma y gesto con coquetería refinada, disimulada y sobresaliente, que en esencia escondían astucia y travesura. Los grados y los calores iban en progreso y paralelo a crecerse como protagonista, desatendiendo sorda al círculo. Qué placentero sentirme tan cerca de la hoguera y no quemarme. Qué placentero observar el episodio y absorber fragancias siendo intangible e invisible para ella. ‘’Ritmo suave, suave’’.

La música más leve, pero se mantenía ardiente. Suave, suave. Bailaba con las manos estimuladas en la cabeza moviendo el cuerpo lento y sutil acompasado de una métrica musical de versos en rima asonante y consonántica, según el tempo. ‘’Acércate y házmelo suave, suave’’ susurraba con un vientecillo que hacía temblar los oídos. Buscaba apasionada la perfección y armonía en la cadencia y el movimiento. Reemplazamos el círculo, para inventarnos un triángulo con las copas cristalinas. Por vocación y talante propio, se encendió un pitillo, dibujando graciosamente la primera tirada, un abstracto círculo blanco y consistente que se duplicaba en el reflejo del espejo. Saltaron las alarmas por su extrema sensualidad e insubordinación a la normativa formal.